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Restaurante La Urbana

Restaurante La Urbana
Plaza Gipuzkoa, 14, 15 y 16
Fundador: José Echave
Año de apertura: 1870  |  Año de cierre: 1936

· Historia

La Plaza Gipuzkoa fue construida en base al proyecto de José Eleuterio de Escoriaza, aprobado en 1865, y el espacio central, que estaba y está ocupado por un jardín de tipo francés, fue realizado por el jardinero municipal Pierre Duccase. Al año siguiente en la Sesión del 12 de Setiembre, se le dio oficialmente el nombre.

La zona adquirió rápidamente un valor comercial muy importante. Sus soportales la convertían en lugar de encuentro y exposición de la actividad comercial, cada vez más pujante. Los grandes establecimientos se iban instalando en la Plaza y en las calles adyacentes como Legazpi y Elcano.

Así, nombres que se hicieron ilustres como La Mallorquina, Charcutería Francesa y, como no, Restaurante La Urbana ocuparon lugares estratégicos en la misma.

José Echave lo vio con claridad. La Plaza Gipuzkoa era el lugar donde debía instalar su restaurante, y así lo hizo hacia 1870, ocupando los números 14, 15 y 16 de la parte sur de la plaza, sucesivamente y a medida que se iba construyendo la plaza.

Ya en 1874, el 22 de Diciembre, el Diario de San Sebastián recogía el siguiente anuncio:

“La Urbana; Acaba de recibirse en dicho establecimiento una buena partida de Pavos Cebados, Capones, Patos y Becadas. Se reciben encargos tanto de Pastelería como de cocina.”

El Restaurante La Urbana fue un lugar de culto de los sibaritas del buen comer. Combinaba el restaurante, la pastelería y la confitería y en algún momento llegó a ofrecer hospedaje.

Sus vinos, algunos de ellos rarísimos y difíciles de encontrar, según cuentan las crónicas de la época, eran una de sus especialidades. Su cocina, tanto francesa como española, del más alto nivel y una de las mejores pastelerías que ha habido en la ciudad, hicieron de él, el más renombrado de los establecimientos.

Se especializó en banquetes oficiales, recepciones, homenajes, sin descuidar el día a día. Los periódicos recogen diversos actos habidos en la ciudad, a lo largo de su existencia, en el que el anfitrión fue el restaurante La Urbana, bien en su establecimiento, bien sirviendo en alguna Institución el banquete.

A modo de ejemplo transcribimos la crónica sobre el banquete, que con motivo, de las Fiestas Euskaras se celebró en 1906.

“En el salón de recepciones de la Casa Consistorial, ultimáronse ayer los preparativos para el banquete que se celebrará esta tarde en honor de la provincia y demás invitados al acto.
Se han colocado dos mesas corridas en el centro del salón, para 120 cubiertos. Como se calcula que serán más los comensales, se habilitarán más mesas en las terrazas laterales. Por si el sol calienta demasiado o llueve, se colocarán toldos.
Los centros de mesas son verdaderamente artísticos y tentadores para los golosos.Figura uno el edificio de una Casa Consistorial, construido con columnas de azúcar y la obra de mampostería con almendra. Las balaustradas de balcones, reloj, etc., de caramelo.
Otros centros confeccionados con idénticos “materiales” de La Urbana, representan caseríos rústicos vascongados y artísticas torres. Además se colocarán hoy caminos de flores naturales y las mesas serán adornadas con plantas y banderitas nacionales y de la ciudad.
Si a esto se añade que La Urbana piensa dejar bien puesto el pabellón y si se tiene en cuenta el acopio de proyectiles que se ha hecho, no cabe dudar que el acto resultará brillante y alimenticio.”

Durante décadas La Urbana mantuvo un alto nivel, ofreciendo a sus clientes las mayores exquisiteces, disponiendo en 1907, como constaba en su publicidad, de un depósito de ostras en el río Urumea para su venta al por mayor o por menor.

Existen dos testimonios, recogidos en sendas obras, que dan un fiel reflejo de lo que fue el Restaurante y Pastelería La Urbana en nuestra ciudad. Creemos que merece la pena rescatarlos y por ello los incorporamos.

E. Flagey, en 1898, lo describía de la siguiente manera:

“La Urbana, en la Plaza Gipuzkoa lado Sur, es uno de los establecimientos más estimados de la región. Su especialidad son los banquetes oficiales, los pic-nics, las provisiones para viajes y las salidas de placer. Una cena en La Urbana es una de las locuras más apreciadas por la juventud.
En verano se sirven las comidas bajo los arcos donde reina constantemente un dulce frescor mantenido por la sombra de la vegetación de la plaza, y se satisface a la vez la gula, la curiosidad y el instinto sibarita.
La cocina es francesa y los menús variados y copiosos. Si se quiere tentar la cocina española, es el lugar. Un pollo a la valenciana, una paella, una sopa de pescado preparada por el Sr. Echave reconciliarán a las gentes con la gastronomía del país.
La Urbana dispone de un cierto número de habitaciones amuebladas y hace condiciones especiales para estancias prolongadas.
El Restaurante no es más que un anexo de las dos otras industrias importantes: La Confitería y la Pastelería.
Hacemos un guiño de buen grado a aquellos que no siendo ni suizos, ni ingleses, ni franceses, sin embargo convenimos que haremos personas felices a los que les llevemos a modo de souvenir una cesta de turrón, o algún estuche lleno de yemas, frutas confitadas y cocos recientemente fabricados.
El Sr. Echave es el primer exportador de turrón de la localidad y puede, con ese título, asesorar a los comerciantes de comestibles del Midi deseosos de poner de moda este producto.”

Por su parte Adrián de Loyarte, en 1950, al hablar de La Urbana como pastelería describía también su faceta de restaurante:

“Pero recordemos, con la antigua pastelería «La Mallorquína», á la famosa «La Urbana». No ha tenido la suerte de la longevidad; pero sí el de un bello recuerdo en el arte de la gastronomía y pastelería. «La Urbana», como «La Mallorquína»; y puede decirse que fue digna continuadora de la primera, dejando una historia brillantísima en el arte de los buenos gourmand y de los delicados «gourmet».
Como restaurante, era el rendez vous de los mejores, gourmand. «La Urbana» servía los vinos selectos de marcas, no sólo franceses, sino los más afamados de toda Europa. Vinos rarísimos, conocidos solamente por los gourmend refinados. Era una época histórica, de libertad económica en todo el mundo. No existía la menor dificultad para el paso de las fronteras; no había estallado la primera y maldita guerra europea, origen de la segunda; el trafico y comercio universal, era una verdadera felicidad. Aquello sí que se le podía llamar libertad y dignidad del hombre.
Sí los sabrosos poulard se traían de Bayona, los vinos estupendos llegaban de Burdeos, París y la Borgoña, así como los vinos blancos alemanes; y este era el fuerte de los primeros años del restaurante y pastelería de «La Urbana».
Nadie competía en los más finos vinos de marca. Porque llegó a servir hasta los más raros y desconocidos: Pero tampoco el arte de la pastelería era nada vulgar. No sólo eso; llegó a ser el pastelero más artista en una de sus especialidades.
«La Urbana» elaboraba una verdadera maravilla en lo que los pasteleros llamaban cartuchos, que consistía en un trabajo de tarta. Y era de tal arte, tan fino el dibujo, tan bello ornamentalmente, de tal naturaleza toda la labor, que recordaba el de un finísimo encaje. Verdadera orfebrería pastelera. Y había decoración dibujada sobre las tartas, que alguna de ellas duraban una hora de trabajo.
Esa labor ya no puede hacerse, para desgracia de todos los buenos gourmand. Y por esto hemos dicho, que en este orden, lo clásico, lo escogido en el buen comer de San Sebastián, ha sido toda la pastelería. Los mismos tiempos que han ido sucediéndose, trajeron paulatinamente la decadencia de «La Urbana», pero últimamente, como exclusividad de restaurante, fue durante las temporadas veraniegas, el buen nombre de la gastronomía y del arte de servir la mesa, para orgullo de nuestra Ciudad.”

Finalmente, a mediados de los años 30, La Urbana dejó su espacio en la Plaza Gipuzkoa, tras ser, como decía Loyarte, un establecimiento de los que la ciudad se sintió orgullosa durante décadas.

· Imagenes relacionadas

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